La Real no pudo pasar del empate ante el Eibar en un partido muy flojo, jugado sin ningún criterio, en el que el árbitro no señaló dos penaltis en el área armera.

El fútbol como juego colectivo salió ayer malparado de Anoeta. La Real se olvidó de que es un equipo y se entregó a un ejercicio individualista sin ningún sentido, que desesperó a su hinchada, herida en su orgullo antes del partido y que salió maldiciendo del estadio.

No sirve de nada tener mejores futbolistas que el contrario si el talento se dispersa y no se pone al servicio de una causa común. Ayer, la Real nunca supo a qué jugaba. No tuvo el más mínimo criterio y se entregó a la inspiración o el talento momentáneo de cada uno de sus jugadores, que escaseó.

Desde hace meses se sabe que esta Real es más que la suma de sus elementos individuales. El equipo es mejor que sus futbolistas tomados uno a uno por separado. Eso es posible gracias a virtudes fundamentales del juego, como la solidaridad, el trabajo colectivo, el esfuerzo por ayudar al compañero. Desde que el fútbol es fútbol esos asuntos han sido decisivos en el juego. Esos valores son los que crean lazos afectivos con unos colores y una camiseta, los que perduran. Están en la esencia del propio fútbol, que exige un respeto por ellos y cobra su tributo a quien los olvida.

Ayer la Real los olvidó y el fútbol le dejó sin una victoria necesaria. El empate tuvo algo de castigo y en eso intervino el árbitro, que dejó de pitar dos penaltis del eibarrés Txiki, ambos con el empate a uno en el marcador. Debió ganar la Real porque cuesta imaginar que fallase los dos penaltis, pero el destino se vistió de pésimo árbitro para castigar la falta de atención a la verdad de este juego cometida por la Real.

Quizá la Real pensó que, esta vez sí, su calidad individual era mayor que la de su rival. Y acertó en eso, pero se equivocó pensando que sería suficiente. Esta Real se ha aferrado a la parte alta de la tabla a base de virtudes más relacionadas con el espíritu colectivo que con la brillantez. Ayer cambió de punto de vista y fracasó con todas las de la ley.

La clave estuvo en el centro del campo, que la Real regaló al Eibar. Durante muchos minutos, Mikel González apagaba incendios en la retaguardia y eso bastaba a la Real para mantenerse en el partido. Nada más. En cuanto el balón llegaba al centro del campo, sálvese quien pueda. Allí no había orden, ni criterio ni jerarquía. Martí no daba consistencia al eje, y Elustondo,Prieto y Aranburu flotaban alrededor sin saber a dónde ir.

El Eibar no tardó en darse cuenta de que la Real no tenía un plan y tras un cuarto de hora de miedo escénico, se adueñó del partido. Lo hizo desde el centro del campo, donde había auténticos latifundios libres de realistas. Con tanto espacio y tiempo para pensar, el Eibar dominó durante bastantes minutos, aunque sin ningún mordiente.

El Eibar jugó a lo que sabe. La Real no jugó, sino que cada realista hizo la guerra por su cuenta. La diferencia de calidad entre los dos bandos pudo servir para que la Real incluso se llevase los tres puntos, que debió conquistar si no media la incompetencia de Gallo Moreno. Pero un triunfo no habría cambiado la voz de alerta sobre el juego desplegado por la Real, que realizó una incursión por un terreno peligroso y que no conoce. Debe volver a la buena senda y recuperar su juego colectivo, su condición de equipo.

La falta de mordiente de unos y la ausencia total de criterio de otros podría haber llevado el partido a un cero a cero ramplón. Lo impidieron el gol de Goiria en un córner mal defendido por la Real y los cambios de Eizmendi. Quitó a Elustondo, que parecía que estaba jugando fatal, para dar entrada a Mérida, al que situó de algo como pivote-media punta. Algo extraño que el chaval no debió entender, porque inmediatamente se empezó a echar en falta a Elustondo, que había jugado mal pero tras el cambio pareció haber sido el autor del poco equilibrio que había tenido el equipo hasta entonces.

Sea por lo que fuere, la realidad es que el partido pasó a ser un correcalles. Marcó el Eibar, pero la Real contestó en la siguiente jugada y a partir de entonces los armeros llevaron las de perder. Habían hecho del orden y el sentido colectivo del juego su principal arma y al descontrolarse el partido la supuesta calidad individual de los realistas tomaba ventaja. De hecho, en la fase final fue la Real la que pudo ganar, al margen de los dos penaltis. Al Eibar se le hizo largo el final del partido y dio por bueno el empate. La Real no sabe si se le hizo largo o corto el partido, pero sí sabe que el punto no es bueno.

Si la Real es un equipo, transita con solvencia por este triste páramo futbolístico que es la Segunda División. Pero si pierde ese sentido colectivo y se olvida de valores clásicos como la solidaridad y la ayuda al compañero tendrá problemas porque sus individualidades no son tan buenas como para ser decisivas. Eizmendi necesita acertar las próximas semanas. Tiene futbolistas, muchos nuevos, pero no puede perder el equipo. Todo un dilema.

 

Fuente: Diario Vasco


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