Un Cádiz dramático
8 de Octubre, 2007 -
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Futbolísticamente, el equipo de García Remón ha tocado fondo. Ya se ha visto incapaz de solventar cualquier imprevisto negativo, pero ayer no lograría ni siquiera rodar cuesta abajo con todo a favor. En casa, apoyado por 16.00 gargantas fieles, ante un recién ascendido muy cortito técnicamente y con un gol de ventaja en el casillero. Por eso, a día de hoy es imposible confiar en un Cádiz que pelee por algo más que nadar en la mediocridad (todavía es pronto para hablar de descenso).
Ante el Córdoba fueron quince minutos interesantes, en Castellón veinte minutos salvables. Frente al Eibar, sólo escasísimos destellos que se perdían en la oscuridad más absoluta. El duelo entre las figuritas de barro y los hombres de hojalata encontró dueño nada más comenzar la segunda mitad, después de que Gonzalo Vicente inventara una nueva forma de cometer una infracción (que el árbitro convertiría en penalti).
En la primera mitad, el Cádiz lograba cambiar su cara. Lástima que a peor. Perdía la chispa de los comienzos, optando por la mesura y sin apenas inquietar al rival. Con Dani como un islote en la punta de ataque, Lucas Lobos era el único que intentaba conectar con el trianero. En una buena acción, quedaba un rechace en las botas de Miguel que mandaba al voladizo de fondo sur.
A ralentí, llegaba alguna opción aislada y con escaso peligro. Carranza sonaba, pero con ruido de vientos. Los silbidos enervaban aún más a un Cádiz sin identidad, que nada más aportaba algún chispazo propio de la calidad técnica que atesora alguno. Gustavo López ponía a sudar a Cuéllar con un buen disparo de falta, y tras el remate posterior de Lobos iniciaba el cerco final a la meta eibarresa.
Poco después, Pavoni cabeceaba a ras del suelo un centro de Critian y un zaguero mandaba a córner. Rápidamente sacaban de esquina, de nuevo erróneamente, pero el rechace iba a parar a Cristian que, con un buen disparo y la inestimable ayuda de un defensa colaba la bola en las mallas vascas.
Todo se ponía a pedir de boca. García Remón había clamado para que alguna vez se pusieran en ventaja, y un lateral ponía en evidencia el desacierto de toda la artillería ofensiva.
Y se echó a dormir. Algo pasaría en el vestuario, alguna cabezadita, porque los hombres de amarillo saltaban adormilados al tapete gaditana. El Eibar atrincheraba a los locales, a la espera del error. Y sería Gonzalo Vicente, con un salto a ninguna parte, quien ponía la alfombra roja para que el extremo verdiblanco se adentrara en el área. La rectificación sería peor que el anterior fiasco y, digno del mejor funambulista, el charrúa se estiraba en el suelo con tan mala suerte que derribaba ¿¿¿con el costado!!! a su rival. Fuera del área, pero el colegiado se encargaba de meterla dentro. Goiria engañaba a Contreras y establecía la igualada.
Instantes después, el meta madrileño salvaba un mano a mano con Zurutuza. El encuentro iba tomando un cariz peligroso. El Cádiz no daba pie con bola, erraba en todos los aspectos (mal en ataque y aún peor en defensa), y los guipuzcoanos se crecían. Insa y Lobos disparaban fuera, y el empate parecía inamovible por la poca ambición del Eibar y la nula capacidad amarilla.
Pero de nuevo el colegiado se convertía en protagonista. Un agarrón reiterado a Lobos era sancionado con amarilla para el defensa, y roja para el argentino, que ante la desesperación soltaba el codo sin impactar en el rostro del rival. Con el 10 expulsado, los visitantes aprovechaban una falta dudosa y la apatía de Gustavo López en defensa para dar la puntilla.
Ansiedad, depresión, pesan las botas, la cabeza no carbura y el corazón late desbocado sin ton ni son. Es hora de encender las alarmas. El precipicio está demasiado cerca.
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